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Poco podía pensar, aquél Esteban
Azaña, cuando siendo secretario del consistorio
de Alcalá de Henares en 1820, proclamó desde el
balcón del ayuntamiento complutense la
constitución de 1812, que su biznieto iba a
ocupar un siglo después los más altos cargos de
España, y sobre todo que le iba a tocar el
triste honor de presidir un gobierno que iba a
enfrentar a los españoles en una guerra salvaje.
Durante varias generaciones,
los Azaña eran una familia que había
experimentado una excelente posición social y
económica, mediante la ocupación de cargos en la
administración y crear un importante patrimonio
con la compra de bienes desamortizados.
Esta situación holgada les
facilitó acceder a la mejor educación,
rodeándose de la intelectualidad de la época,
permitiéndoles un compromiso de ideas patriótico
y liberal.
Alcalaínos de pro, siempre
comprometidos con su ciudad, trataron de que
Alcalá conservase su perfil humano e histórico.
Gregorio Azaña, abuelo de nuestro protagonista,
redactó con fecha 12 de enero de 1851 los
estatutos de la Sociedad de Condueños, escribano
y notario acumuló una gran biblioteca en la casa
familiar de la calle de la Imagen.
Su hijo, Esteban, estudió con
los Hermanos de las Escuelas Cristianas,
instalados gracias a la cesión de un antiguo
colegio de la Universidad por parte de su padre.
Intentó siempre devolver el antiguo esplendor a
su Ciudad. Notario y Alcalde, tuvo el honor de
presidir la inauguración de la estatua de Carlo
Nicoli que representa a Miguel de Cervantes.
Dedicó dos volúmenes a la
Historia de Alcalá de Henares en 1882 y 1883.
Casado con Josefina
Díaz-Gallo, tuvieron cuatro hijos, Gregorio,
Manuel, Josefa y Carlos.
Huérfanos prematuramente, la
madre murió el 24 de julio de 1889 y el padre
apenas seis meses después, el 10 de enero de
1890. Los hermanos se fueron a vivir a casa de
su abuela paterna.
Estudios
Manuel María Nicanor Federico
Azaña Díaz-Gallo,
nació el 10 de enero de 1880
a las 10,30 horas
en Alcalá de
Henares, en la calle de la Imagen, nº 3
y fue inscrito en el Registro dos días después. Estudió
en el colegio religioso de los Santos Justo y
Pastor hasta los trece años, obteniendo
excelentes notas, aunque en el examen de
bachiller, celebrado en el Instituto Cardenal
Cisneros de Madrid no pasó de un aprobado.
Manuel, que había heredado el
sentimiento intelectual de sus ancestros, y bajo
la influencia de su tío materno, Félix Díaz
Gallo, fue enviado a realizar estudios de
Derecho al Real Colegio de Estudios superiores
María Cristina de El Escorial, donde después de
tres cursos y tras sufrir una crisis religiosa,
especialmente al rebelarse por la rígida
educación de los padres agustinos, estimó que la
religión que había vivido no tiene ningún
sentido, abandona el colegio para seguir
estudiando en su domicilio. Su afición por las
letras le hace editar en 1897 junto a unos
amigos la revista Brisas del Henares,
donde comienza su andadura literaria haciéndose
cargo de las crónicas locales.
Como el colegio serrano, no
podía expedir títulos de licenciatura, Manuel se
examinó por libre en la Facultad de Derecho de
Zaragoza, licenciándose a la edad de 18 años y
con la calificación de sobresaliente.
Una vez obtenida la
licenciatura, decide obtener el doctorado,
trasladándose a estudiar y trabajar en Madrid,
actuando de pasante en el bufete de Luís Díaz
Cobeña, donde tiene como compañero a un joven
Niceto Alcalá Zamora
Obtiene el doctorado con
veinte años, con la calificación de
sobresaliente. El título de su tesis ya descubre
su interés por una política de izquierdas,
"La responsabilidad de las multitudes".
Como socio de la Academia de
Jurisprudencia prepara algunos trabajos,
participando activamente en diferentes
coloquios. En 1902 presenta su memoria sobre
La libertad de asociación, donde expone su
visión sobre la regulación de las órdenes
religiosas por el Estado. En 1900, ingresó en el
Ateneo, donde criticó a la generación del 98 y
al regeneracionismo.
En 1901, empezó a escribir en
la revista Gente Vieja, firmando con el
seudónimo de Salvador Rodrigo.
Regreso a Alcalá
Pronto los intereses familiares entran en
dificultades económicas, y Manuel regresa a
Alcalá en 1903, para apoyar a su hermano
Gregorio, concejal del ayuntamiento complutense,
en los negocios familiares, una fabrica de
ladrillos y tejas y diversas fincas. Su estancia
en Alcalá le hace colaborar en la revista La
Avispa, de escaso éxito e interés, como
continuar con la redacción de una novela
autobiográfica, La vocación de Jerónimo
Garcés.
Interés por la política
Al no poder
poner en pie los negocios familiares, vuelve a
Madrid y en 1909 oposita a Auxiliares terceros
de la Dirección General de los Registros y del
Notariado. Conseguido el número uno de su
promoción, (tras supuestos favores políticos)
accede al puesto y tras diversos ascensos, en
1929 es nombrado Oficial Jefe de Sección de
Segunda Clase del Cuerpo Técnico de Letrados del
Ministerio de Gracia y Justicia.
Su interés por
la política de izquierdas le hace dar su primera
conferencia en Alcalá de Henares, en la Casa del
Pueblo, que el PSOE ocupaba en la calle
Escritorios desde 1910, donde expresa su
preocupación por el Estado, y llama a los
ciudadanos a movilizarse para afrontar el
"problema", según Azaña de España.
Azaña, marcha
a París, con la intención de seguir cursos de
Derecho civil, comenzando a desarrollar su
vocación intelectual, enviando artículos con el
seudónimo de Martín Piñol a La
Correspondencia de España.
Apasionado durante su año de
estancia de la Ciudad de la Luz, aprovechó el
tiempo para visitar monumentos y asistir a
mítines políticos y conferencias de los más
diversos temas.
En febrero de 1913, forma
parte de la junta directiva del Ateneo como
primer secretario tras formar parte de la
candidatura de Romanones. Su actuación al frente
del mismo hace que revitalice la biblioteca y la
economía.
Ese año en compañía de José
Ortega y Gasset funda la Liga de Educación
Política e ingresa en el partido reformista de
Melquíades Álvarez, que sería asesinado en 1936
por las milicias del Frente Popular.
En su primer discurso
reivindica la democracia parlamentaria, la
necesidad de un Estado laico y soberano, apuesta
por la justicia social y la cultura para acabar
con el caciquismo.
Quiso presentarse como
candidato por el distrito de Alcalá en las
elecciones de marzo de 1914, pero la división
política existente en su Ciudad, le hizo
reconsiderar su posición. Los pésimos resultados
electorales de su partido, influirían para que
por un tiempo meditase su continuidad en el
mismo.
Por esas fechas las fuerzas
antisistema que se oponen a la monarquía
parlamentaria, socialistas, anarquistas y
nacionalistas vascos y catalanes, junto con los
embrionarios partidos republicanos, tienen en su
mente sustituir el sistema parlamentario por la
dictadura del proletariado socialista o el
jacobismo republicano. Para conseguirlo
necesitan el apoyo del ejército, la subversión
en la calle y la agitación desde los medios de
comunicación.
Los procesos revolucionarios
de México y de Rusia, llevan a la convocatoria
de una huelga general tras el acuerdo de acción
de la UGT y CNT. Como el conde de Romanones,
presidente del Consejo de Ministros no cayese en
la trampa. Los sindicatos publicaron un
manifiesto que iba a producir una serie de
acontecimientos incontrolables por el gobierno.
A los sindicatos se unieron las Juntas Militares
de Defensa, creadas por los militares en 1916,
con la finalidad de mejorar su profesión y los
catalanistas de Cambó.
Con el miedo en el cuerpo, el
Gobierno, ante las noticias que llegaban de
Rusia sobre el destino de la familia del Zar,
optó por suspender las garantías
constitucionales, se cerraron algunos centros
obreros y se detuvo a los firmantes del
manifiesto. Esta situación alcanzó una grave
crisis de gobierno que finalizó con la dimisión
de Romanones y su gabinete.
La I Guerra Mundial
Con la llegada de la Gran
Guerra, España conservó la neutralidad, aunque
el país estaba dividido entre aliados y
germanófilos, Azaña, desde un primer momento
tomó partido por los primeros, la tradicional
monarquía parlamentaria inglesa le parecía el
sistema constitucional más adecuado que el
imperialismo que podían acarrear las potencias
de los países de centroeuropea. Esta
circunstancia unida a su admiración por Francia,
hizo que en el Ateneo, se defendiese un respaldo
de adhesión a los países aliados.
Azaña, invitado por los
aliados, visitó los frentes durante la I guerra
Mundial, expresando su repulsa de los horrores
provocados por la contienda.
Tras su regreso, comienza a
interesarse por la política militar,
encargándose de desarrollar para el partido
reformista un tratado ideológico sobre la Guerra
y la Marina. Estaba poniendo en ciernes su
futura reforma del ejército, al querer escindir
el ejército de la política, reducir la
oficialidad y reducir el período de tiempo del
servicio militar.
Sus primeras elecciones a
Cortes
En las elecciones generales
del 24 de febrero de 1918, se presentó como
candidato del partido Reformista por el distrito
de Puente del Arzobispo. En sus mítines
comenzaron sus primeros ataques a la monarquía
al apelar a la unión de izquierdas y buscar la
solución a los problemas de España en la
revolución.
Los 4139 votos que consiguió
no fueron suficientes para ocupar un escaño en
el Parlamento.
La Liga de la Sociedad de
Naciones Libres, reclamaba para España un
sistema plural, donde la democracia debía de ser
plena y estar al servicio de los ciudadanos.
Esta circunstancia, hizo que Azaña, junto con
intelectuales de diferente pensamiento político,
crearan la Unión Democrática Española.
Tras una breve estancia en
París junto a su amigo Cipriano Rivas-Cherif,
dimite como secretario del Ateneo, y funda la
revista literaria La Pluma, que se
editaría hasta 1923, fecha en que asume el
destino del semanario
España.
En este año repite candidatura
a Cortes, igualmente por el distrito de la
ciudad toledana, con resultados similares.
Su distanciamiento del partido
reformista con su pensamiento, al querer que la
Iglesia y el Ejército estén fuera de toda
decisión política le hace romper con Melquíades
Álvarez al dar el golpe de estado el general
Primo de Rivera.
Hasta ese momento los vanos
intentos del sistema parlamentario de llevar a
cabo las reformas que necesitaba España, son
boicoteados continuamente por huelgas y
algaradas decretadas por nacionalistas y los
partidos y sindicatos de izquierda, su
intencionalidad revolucionaria hacía que no
propusieran medidas coherentes con la situación
nacional. El alto índice de analfabetismo en la
sociedad española era el caldo de cultivo de la
izquierda para la manipulación que llevaría a la
dictadura del proletariado o a la escisión de
España.
La Dictadura
Azaña, ya solo concibe
democracia con república, y hace un llamamiento
a los socialistas para intentar un movimiento de
acción política que llevase al derrocamiento de
Primo de rivera, y con él, a la figura de
Alfonso XIII.
La censura le cierra su
revista España, y en mayo de 1924 redacta
su manifiesto titulado Apelación a la
República, publicándose de forma clandestina
en La Coruña. En el mismo transmite la idea de
que monarquía es lo mismo que dictadura y que la
democracia es sinónimo de república.
En 1925 funda el partido
Acción Republicana, cuyo programa apoya la
reforma del Ejército, la laicidad y la
limitación del poder de la Iglesia, reforma
agraria, colaboración con los socialistas e idea
autonomista del estado.
Primo de Rivera, consigue
acabar la guerra de Marruecos con el desembarco
de Alhucemas (1925), con lo que gana crédito
consiguiendo un período de paz política. Las
operaciones económicas fueron eficaces, al crear
monopolios, fomento de las infraestructuras,
reforma de las instituciones financieras,
creación del Banco Exterior, ampliación de la
red hidráulica, red ferroviaria, red de
carreteras y red eléctrica. Se reformó asimismo
el aparato administrativo y diplomático.
Igualmente dio salida a reivindicaciones de la
UGT y de Largo Caballero, naciendo en 1926 el
Código del Trabajo, los Comités paritarios y la
fundación de la Universidad Industrial de
Madrid. En 1929 se realizaron las exposiciones
de Barcelona y Sevilla.
Azaña, se refugia en su pluma,
siendo galardonado en 1926 por el Premio
Nacional de Literatura por La Vida de don
Juan Valera, que no publicaría.
Al año siguiente publica El
jardín de los frailes, obra autobiográfica,
y en 1928 un estudio sobre la obra de Varela
cuyo tituló fue La novela de Pepita Jiménez,
ese año también se representa su obra teatral
La corona.
El 27 de febrero de 1929
contrae matrimonió en la Iglesia de los
Jerónimos de Madrid con María Dolores de Rivas
Cherif, hermana de su amigo Cipriano. La novia
contaba a la sazón 25 años, mientras que el
novio tenía 49.
Cuando el 28 de enero 1930
dimitió Primo de Rivera, haciéndose cargo del
gobierno el general Dámaso Berenguer, el país
retomó sus convulsiones habituales, este quiso
acabar con lo hecho en los siete años de Primo
de Rivera. El primer paso para que los partidos
antisistema tomasen la calle y reclamasen un
régimen republicano.
El 8 de febrero se presentó
públicamente Acción Republicana, Azaña entró en
política con un cántico al extremismo, siendo
proclive a un gran pacto de partidos de
izquierda que creasen una "República
republicana, pensada por los republicanos,
gobernada y dirigida según la voluntad de los
republicanos".
Según su discurso excluyente,
solo los partidos autoproclamados republicanos
poseían "pedigrí" para gobernar. Una idea
antidemocrática que nos lleva al despotismo
ilustrado. Los llamados partidos democráticos
eran pocos, mal avenidos y divididos.
Curiosamente Azaña en sus diarios los describe
como unos botarates.
En junio de 1930, Azaña, asume
la presidencia del Ateneo y desde el primer
momento trata de movilizar a las fuerzas
"republicanas". Logrando pactar con diversos
partidos.
El 17 de agosto de 1930, se
reúnen en San Sebastián los diversos partidos,
donde acuerdan una alianza entre los
republicanos viejos y republicanos
nuevos, así como con las fuerzas
antisistema. Azaña, Alcalá Zamora, Marcelino
Domingo, Alejandro Lerroux, Fernando de los
Ríos, Carrasco Formiguera, Eduardo Ortega y
Gasset, Nicolau d´Oliver, Álvaro de Albornoz,
Ángel Galarza, Martínez Barrios, etc. pusieron
las bases para un Gobierno provisional
republicano, que presidido por Alcalá Zamora se
reunían en el Ateneo de Manuel Azaña. A esta
fuerza se sumaron una parte de los intelectuales
y un sector del ejército. La Agrupación al
Servicio de la República, tras un manifiesto de
Ortega y Gasset, Marañon y Pérez de Ayala,
sirvió para agrupar a los intelectuales pro-república.
Por otro lado las divergencias existentes en el
ejército, empezaron a germinar el golpe de
estado.
La Plaza de toros de Madrid,
contó el 28 de septiembre de 1930 con un mitin
donde Manuel Azaña reveló su oratoria. Repitió
el lema de querer una República gobernada por
republicanos, identificando a los asistentes
como una manifestación de la voluntad nacional e
instando a la revolución popular. Se manifestó
sectario, anunciando que no promovería la
moderación.
La insurrección se estaba
fraguando, eso sí, quedarían al margen y
tratarían de que el pueblo y el ejército les
hiciesen el trabajo sucio.
Se constituyó una alianza
entre el partido de Azaña, el Radical de Lerroux
y los socialistas de Largo Caballero, contrarios
a las teorías de Julián Besteiro, que abocaba
por una democracia formal y constituyente salida
de las urnas.
La tribuna del Ateneo, servía
para que Azaña, con su brillante oratoria
influyese hábilmente para conseguir sus
propósitos.
Anunció que, la
transformación política sería dirigida por la
inteligencia, es decir, por los republicanos
afines al propio Azaña,
auxiliados por los gruesos
batallones populares en calidad de brazos, los
brazos del hombre natural, en la bárbara
robustez de su instinto.
La conspiración republicana
estaba en marcha, desde Madrid se fragua el plan
en torno a un comité revolucionario presidido
por Alcalá Zamora al que secundan un conjunto de
militares golpistas (Fermín Galán, Batet,
Riquelme, López Ochoa...) y un grupo de
estudiantes de la FUE a cuya cabeza figura Graco
Marsá. Ni que decir tiene que la masonería que
había visto como importantes miembros suyos
escalaban posiciones dentro del comité
revolucionario, esperaba la ocasión para crear
un régimen que pudieran gobernar y manipular.
Se dispuso que el 15 de
diciembre de 1930 fuera el día adecuado para dar
el golpe militar. Pero los acontecimientos iban
a cambiar el rumbo de la situación. La
descoordinación y la improvisación, junto con el
aguerrido y ansiado espíritu republicano iban a
hacer que las previsiones republicanas no se
cumpliesen.
El capitán Fermín Galán y el
teniente Ángel García Hernández, sublevan a la
guarnición de Jaca, dos días antes de los
previsto. Su falta de preparación les hizo
avanzar 86 kilómetros en diecinueve horas,
siendo fácilmente reducidos por las fuerzas del
Gobierno antes de pisar Zaragoza. Apenas había
existido secreto en el golpe, el general Emilio
Mola, por aquel entonces Director General de
Seguridad, conocedor de la conspiración,
escribió a Fermín Galán para que no se
sublevase.
Queipo de Llano, Ramón Franco
y algunos aviadores trataron de que el aeródromo
de Cuatro Vientos se alzase. Ramón Franco llegó
a despegar, sobrevolando Madrid con el propósito
de bombardear el palacio real, arroja unas
octavillas y regresa a Cuatro vientos. Al no
tener respuesta del resto de la oficialidad, que
se declararon presos, deciden los conspiradores
huir a Portugal.
En cuanto a los movimientos
obreros, estos permanecieron pasivos al
desaconsejar Julián Besteiro su colaboración en
el alzamiento.
En juicio sumarísimo, Galán y
García Hernández, son condenados a muerte y
fusilados el 15 de diciembre. Fermín Galán,
auténtica cabeza de tan disparatada actuación,
es un buen oficial que se ha distinguido en
Marruecos mandando fuerzas de policía indígena y
de la Legión. Hombre de ideas avanzadas,
confusas y un tanto utópicas, había sufrido
prisión por haber intervenido en la
"Sanjuanada". Tres días antes de su fusilamiento
aparecía su firma al pie de un bando en el cuál
se amenazaba con la misma pena a quien se
opusiera a la "República naciente". La república
ya tiene sus mártires.
En cuanto a los miembros de la
conspiración, unos huyeron (Indalecio Prieto),
otros fueron detenidos como Largo Caballero, y
otros se escondieron como Lerroux y Azaña, que
lo hizo en casa de su suegro, donde permaneció
un mes dedicándose a escribir su novela
Fresdeval
La República
En los inicios de 1931, y tras
los acontecimientos acaecidos en diciembre del
año anterior, la república parecía una
posibilidad utópica, que se iba a hacer realidad
ante el temor y desinformación existente en la
sociedad.
El gobierno de Dámaso
Berenguer pasaba por una fase crítica, los
monárquicos se mostraban disconformes con los
parabienes gubernamentales que ofrecía
Berenguer. La crisis llegó con el problema de
unas elecciones. Berenguer pensó convocar
elecciones generales para evitar elecciones
municipales y provinciales, como era habitual.
El anuncio de elecciones generales produjo una
oleada de amenazas de abstención. Alfonso XIII,
desbordado por los acontecimientos, no
encontraba sustituto para Berenguer. El puesto
de Jefe de Gobierno fue ofrecido al Duque de
Alba, a Sánchez Guerra y a Melquíades Álvarez,
quienes renunciaron a presidir un gobierno al no
aceptar el rey alguno de los nombres propuestos
como ministros.
Al final se formó Gobierno
presidido por Juan Bautista Aznar, que prometió
convocar elecciones, empezando por las
municipales.
La primera fase de las
elecciones municipales se celebró el 5 de abril,
saliendo elegidos 14.018 concejales monárquicos
y tan solo 1.832 republicanos. Con ese resultado
electoral, solo pasaron a control republicano un
pueblo de Granada y otro de Valencia.
El 12 de abril de 1931 se
celebró la segunda fase de las elecciones. Los
concejales monárquicos obtuvieron 22.150 actas
mientras que los republicanos consiguieron
5.775.
A pesar del resultado, los
republicanos no quisieron reconocer su derrota,
se aprovecharon de la errónea interpretación por
parte de los políticos monárquicos que
interpretaron la derrota en buena parte de las
capitales de provincia como un apoyo
incondicional de la república y el ocaso de la
monarquía. El hecho de que la victoria
republicana fuese urbana, como en Madrid, donde
el alcalaíno Andrés Saborit, del PSOE, hizo
votar por su partido a millares de difuntos,
pudo contribuir a esa sensación de derrota.
Durante la noche del 12 al 13
de abril, el general Sanjurjo, al mando de la
Guardia Civil, dejó de manifiesto por telégrafo
que no contendría un levantamiento contra la
monarquía.
Azaña, que se mantenía
escondido es recogido por sus compañeros y
llevado hasta la Puerta del Sol, entre el
entusiasmo general es aclamado y vitoreado al
asomarse al balcón del Ministerio de la
Gobernación.
Por la noche, acompañado por
el capitán de artillería Arturo Menéndez, se
presenta en el palacio de Buenavista donde se
entrevista con el subsecretario del Ministerio
del Ejército, general Ruiz Fornells, a quien se
impone tomando el Ministerio en nombre de la
república. Se había autoproclamado Ministro de
la Guerra. Azaña, cursa un comunicado a todas
las guarniciones militares, a las que pide
patriotismo y disciplina; posteriormente cursa
un decreto que establece la obligación de todos
los militares a prometer su adhesión y fidelidad
a la República. Con la ley Azaña inicia un
proceso de reducción de efectivos militares,
causando un profundo malestar en las altas
jerarquías castrenses.
Con 21 diputados que consiguió
Acción Republicana en las elecciones del 28 de
junio de 1931, consiguió no quedar subordinado
con los radicales de Lerroux, ni con los
socialistas, al mantener una clara posición de
izquierdas.
Realmente la República había
llegado como un régimen representativo de todas
las tendencias, pues el movimiento monárquico
como la toma efectiva del poder el 14 de abril
de 1931, habían sido dirigidos por los
conservadores católicos Alcalá Zamora y Miguel
Maura, siendo el primero de ellos el presidente
del Gobierno provisional. Pero pronto iba a
cambiar la situación, antes de un mes, en mayo,
la quema de iglesias, bibliotecas, centros de
enseñanza, obras de arte, por parte de multitud
de exaltados, eran justificados por las
izquierdas como hechos del pueblo, sin que Azaña,
ya desde el gobierno pusiese freno a tan
infausta devastación. Es más, echaba más leña al
fuego al castigar a las víctimas, empezando por
disolver a los jesuitas, aunque la medida no se
cumpliera de inmediato.
Poco después el alcalaíno iba
a influir en los rasgos más antirreligiosos y
sectarios de la nueva Constitución, haciéndola
no simplemente laica, como se dice, sino hostil
a las creencias y sentimientos mayoritarios en
el pueblo. Solo esto ya la volvía poco
democrática y peligrosa para la convivencia. No
fue una constitución elaborada por consenso,
sino por el rodillo de la izquierda.
Al disolver a los jesuitas y
tratar de asfixiar a las demás órdenes
religiosas, prohibiéndoles la enseñanza y
cualquier actividad económica, la ley atentaba
contra los derechos de conciencia, asociación y
expresión, y contra la voluntad de los padres en
la enseñanza de sus hijos. Azaña, las
justificaba por razones de seguridad de la
República, a pesar de que en ningún momento los
católicos la hubiesen amenazado. La constitución
invitaba a la Guerra civil, como reconoció
posteriormente Alcalá Zamora.
Pronto Ortega y Gasset, uno de
los padres espirituales de la República,
expresaba su célebre
"No es esto, no es esto".
La Ley de Defensa de la
República, promovida por Azaña y la Ley de Vagos
y Maleantes (que muchos consideran que fue
creada por Franco), permitieron al gobierno
actuar al margen de la Constitución. Esa ley,
traería censura, cierre de periódicos,
detenciones sin acusación, deportaciones a
colonias, etc.
Azaña, sustituye en octubre de
1931 a Alcalá-Zamora como presidente del
gobierno provisional, esta situación fue
provocada ante las dificultades de formar
gobierno por la dimisión de Alcalá Zamora por la
cuestión religiosa.
Las órdenes religiosas habían
creado las mejores instituciones de enseñanza
media del país. Azaña, puso la "guinda" en las
Cortes, "No me digáis que va en contra de la
libertad. Se trata de una cuestión de salud
pública".
Miguel Maura, ministro de la
Gobernación, que también había dimitido, señaló
que solo dos personas podían hacerse cargo del
gobierno, Lerroux o Azaña.
Julián Besteiro, que había
asumido temporalmente el cargo de Presidente de
la República Española, llamó a Azaña para formar
otro gobierno
El alcalaíno contaba con la
ventaja de pertenecer a un partido minoritario
que tenía buenas relaciones con el resto de los
partidos.
Como jefe de gobierno,
consiguió que Alcalá Zamora retornase a ocupar
la presidencia de la República.
Aprobada la Constitución por
abrumadora mayoría, hay que elegir presidente de
la República, y se presenta un único candidato,
Niceto Alcalá Zamora. A la elección concurren
410 diputados de los 446 que componen la Cámara.
Alcalá Zamora obtendría 362 votos. Siete votan a
M. Bartolomé Cossío, dos a Besteiro y otro
diputado a Unamuno.
Azaña, se refiere al nuevo
presidente con dosis de malévola condescendencia
y escribe después de la ceremonia:
"se hacen presagios poco
placenteros sobre el resultado de su gestión".
En diciembre Azaña, presenta
su dimisión a Alcalá Zamora, al comprobar como
su alianza con los socialistas para formar
gobierno es mal vista por Lerroux, quien se
retira del Parlamento. El presidente aconsejado
por Julián Besteiro, presidente de las Cortes y
por el mismo Lerroux, solicita formar nuevo
gobierno a Azaña, quien intenta un nuevo
equilibrio de fuerzas, con la inclusión de
ministros socialistas, sin que vuelva a estar de
acuerdo Lerroux.
Azaña vuelve
a dimitir, pero Alcalá Zamora le confirma otra
vez.
Azaña, se entrega en presentar
al congreso de los Diputados, un programa
ambicioso. Se trata de la Ley de Reforma
Agraria, la incorporación de los sindicatos a
las negociaciones laborales, la Ley de
Confesiones y Congregaciones religiosas, el
Estatuto de Autonomía de Cataluña, ley de
reforma educativa con el objetivo de
universalizar la enseñanza primaria, la
introducción del divorcio, la reforma del Código
Civil, la equiparación de derechos entre hombres
y mujeres y terminar la reforma militar entre
otras cosas.
Sin embargo, el movimiento
obrero, cada vez ponía más cerco a los
empresarios, quienes tenían que soportar
huelgas, la mayoría de las veces con carácter
revolucionario. Una huelga general convocada por
la Federación de Trabajadores de la Tierra de la
UGT, fue reprimida por la Guardia Civil, con el
resultado de varias muertes. Asimismo tuvo que
hacer frente a la proclamación del comunismo
libertario en la cuenca del LLobregat. Azaña,
explica cómo ordenó sofocar las rebeliones
anarquistas fusilando sobre la marcha a quienes
fueran cogidos con armas.
Los sucesos de Castillblanco,
un pueblecito de novecientos habitantes en
Extremadura, cerca del monasterio de Guadalupe,
empezaron a "tocar" a Azaña. Los socialistas del
pueblo querían hacer una manifestación, junto
con los de otros pueblos contra el gobernador
civil de Badajoz. A pesar de negarles el
permiso, decidieron efectuarla. Motivo que hizo
enviar a las autoridades a la Guardia Civil para
impedirla. Cuando llegaron a la localidad, los
socialistas cayeron sobre la Benemérita. Mataron
a cuatro guardias civiles. Les sacaron los ojos.
Mutilaron los cuerpos. En uno de los cadáveres
se descubrieron treinta y siete navajazos. No
fue posible juzgar a nadie.
En Arnedo (Logroño), la
guardia civil por miedo a una repetición de
Castillblanco, por nerviosismo o por espíritu de
venganza dispara contra unos manifestantes,
matando a seis e hiriendo a treinta.
A esta situación se suma la
matanza de campesinos de Casas Viejas a
cargo de la Guardia de Asalto republicana.
La situación de anarquía que
vive el país es un claro retroceso, aumento de
la inseguridad, insurrecciones, huelgas
revolucionarias anarquistas, fuerte aumento de
la delincuencia común, atentados y violencias
políticas, estancamiento económico causado por
la crisis mundial, pero agravado por la
retracción de la iniciativa privada a causa de
la inseguridad, empeoramiento del hambre hasta
los niveles de principios de siglo, etc.
Son hechos que llevan a Manuel
Azaña a cesar el 8 de septiembre de 1933.
El 19 de noviembre de 1933, el
voto popular arruina a los partidos
republicanos, y el mismo Azaña pudo salir
diputado gracias a haberse presentado por las
listas del PSOE en Bilbao. Desastre que se
explica por el contraste entre sus logros y sus
fracasos en el primer bienio. El triunfo de la
coalición formada por el Partido Republicano
Radical de Alejandro Lerroux y la Confederación
de Derechas Autónomas de José María Gil-Robles,
hace que Azaña se retire temporalmente de la
política y se vuelque en su actividad literaria.
Pero los adversos resultados
en las urnas no disuadieron a Azaña a volver a
ocupar el poder, intentando un golpe de estado,
proponiendo a Martínez Barrio y a Alcalá Zamora
no convocar las nuevas Cortes y organizar nuevos
comicios con garantía de victoria de la
izquierda. Según Alcalá Zamora, la presión sobre
Martínez Barrio traslucía un fuerte sentido de
afinidad masónica.
Azaña, se había iniciado en la
masonería en 1932, cuando era Ministro de la
Guerra, en su diario de 5 de marzo de 1932
reconoce su iniciación a la masonería :"En la
ceremonia del miércoles, enorme concurrencia. No
se cabía en los salones de la calle del
Príncipe. No me importó nada aquello y durante
los preliminares estuve tentado a irme". El caso
es que debió de importarle en demasía, porque no
se fue, teniendo en cuenta que la masonería
había apoyado la instalación de la República y
había influido en la redacción de la
Constitución.
Esta presión contra la
legalidad que él mismo había contribuido a
imponer, es citada por Martínez Barrio y Alcalá
Zamora en sus Memorias.
En 1934 funda el partido
Izquierda Republicana, al fusionarse el partido
de Acción Republicana con el Partido
Radical-Socialista, liderado por Marcelino
Domingo y la Organización Republicana Gallega
Autónoma de Casares Quiroga.
La revolución de Asturias,
intento de involucionismo por parte del PSOE y
de la Izquierda Catalana, tienen a Azaña como
instigador.
En la Fundación Pablo Iglesias
existen documentos que demuestran que Manuel
Azaña había tratado de arrancar al PSOE a un
golpe de Estado con base en Barcelona. Los
líderes socialistas rechazaron la propuesta, al
estar implicados en su propia revolución y no
pensaban estar supeditados a partidos burgueses.
En su libro "Mi rebelión en
Barcelona", Azaña afirma haber mantenido por
entonces una postura legalista, tratando de
convencer a Companys para que no atacase a un
gobierno legítimo y democrático, como hizo el
catalán.
A pesar de las negaciones de
Azaña a su participación en las insurrecciones
socialistas y catalanas de octubre de 1934, fue
considerado culpable, encarcelándole en el
destructor Sánchez Barcáiztegui, anclado en el
puerto de Barcelona.
Procesado por los hechos que
llevaron al inicio de la guerra civil en 1934,
su caso fue sobreseído, al igual que sucedió con
Largo Caballero, principal y reconocido líder de
la revuelta, el cuál salió de la cárcel
declarándose dispuesto a volver a intentar la
revolución.
Las derechas que habían
salvado al régimen republicano de su
aniquilación revolucionaria, tampoco supieron
aplicar el peso de la Ley a los que habían
deseado acabar con el sistema constitucional.
Azaña trató de recomponer con
el PSOE una alianza como la del primer bienio.
En el verano de 1935,
comenzaron sus grandes mítines, a los que acudía
todo un selecto grupo de partidos de izquierdas
que saludaban con el puño cerrado y no con
pañuelos blanco como sugería. Sus lemas
mantienen su sectarismo revolucionario, haciendo
apología de la revolución de octubre y
exagerando la represión acontecida.
Esa movilización de masas,
unida a la intriga del estraperlo, que según
indicios organizaron Azaña, Indalecio Prieto y
un chantajista holandés llamado Strauss, sirvió
para la aniquilación de Lerroux y su partido de
centro, casi el único elemento de estabilidad
persistente en la República.
La expulsión de la CEDA del
poder a finales de 1935, hizo que las izquierdas
se preparasen para el asalto al poder creando
milicias para llevar a cabo la continuación de
la revolución de octubre de 1934.
Cuando el 14 de diciembre de
1935, Portela Valladares formó Gobierno, no
pensaba en otra cosa que la convocatoria de
elecciones. La izquierda presionaba a Alcalá
Zamora para que disolviera las Cortes (la
segunda vez durante su mandato, lo que
representaba una violación de la Constitución),
convocando elecciones para el 16 de febrero de
1936.
El Frente Popular
El 15 de enero de 1936, se
firma el pacto del Frente Popular. El socialista
Largo Caballero en un artículo publicado en el
periódico, El Liberal, de Bilbao el 20 de
enero de 1936, anuncia la declaración de guerra
civil.
"Quiero decirles a las
derechas que si triunfamos colaboraremos con
nuestros aliados; pero si triunfan las derechas
nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con
nuestros aliados dentro de la legalidad, pero
tendremos que ir a la guerra civil declarada.
Que no digan que nosotros
decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo
realizamos"
Ese mismo día, en un mitin
celebrado en Linares, Largo Caballero, sigue con
su idea revolucionaría
"La clase obrera debe
adueñarse del Poder político, convencida de que
la democracia es incompatible con el socialismo,
y como el que tiene el Poder no ha de entregarlo
voluntariamente, por eso hay que ir a la
Revolución".
En este contexto se suceden
los mítines socialistas y comunistas, el asalto
al Poder por parte del Frente Popular era claro,
les daba igual el resultado de las urnas.
Mientras tanto los militares, callaban y
continuaban vigilantes de cualquier operación
involucionista por parte de la izquierda.
El Frente Popular fue suscrito
por Unión Republicana, Izquierda Republicana,
PSOE, UGT, PCE, FJS, Partido Sindicalista y
POUM, partidos todos ellos que meses más tarde
con sus checas llevarían el terror a la
población desafecta.
Su triunfo dejaba abierta las
puertas a la implantación de la dictadura del
proletariado.
El fraude de los resultados
como explicaría más tarde Alcalá Zamora, en el
Journal de Geneve
(léase la crónica Alcalá en Guerra) hizo que de 9.716.705 votos emitidos, 4.430.322
fueran para el Frente Popular; 4.511.031 para
las derechas y 682.825 para el centro. 91.641
votos fueron en blanco o para otros partidos
políticos minoritarios.
Ante estos hechos, el golpe de
estado para asaltar el poder estaba en marcha.
El Frente Popular llegaba al poder sin la
legalidad de las urnas, como había anunciado
Largo Caballero.
El 10 de mayo de 1936, Azaña
era elegido nuevo presidente de la República, la
mecha del enfrentamiento entre españoles estaba
encendida. el Frente Popular buscaba la coartada
para acabar con el régimen constitucional, no
tendrían más que avivarla con la violencia, los
desórdenes y los asesinatos en la calle, para
que un grupo de militares republicanos cayesen
en la trampa de "salvar" al país.
Azaña se da cuenta tarde, es
consciente del horror que ha desencadenado. Los
intelectuales que en su día le apoyaron, se han
exiliado o se han pasado al "bando salvador",
ante la imposibilidad de vivir en su "régimen
democrático".
Azaña, se convierte en un
pelele, le ningunean, le mienten y le tienen al
margen de los acontecimientos. Sus diarios de
guerra son un excelente relato sobre su estado
de ánimo y sus desencuentros con los jefes
socialistas del Gobierno, abocados a la
dictadura del proletariado.
La Guerra
El comienzo de la guerra
civil, le hace coger una profunda depresión.
Cobardemente Azaña y el Gobierno huyen de Madrid
ante la toma de posiciones del ejército
sublevado en las inmediaciones de la Casa de
Campo.
Azaña permanecerá en Barcelona
semisecuestrado, observará la guerra civil
dentro de la guerra civil. Mientras parte de la
población va al frente, diferentes sectores de
los partidos que forman el Frente Popular se
enfrascan en resolver entre ellos sus disputas
revolucionarias a tiros por las calles,
especialmente sangriento resultó la primavera de
1937 en Barcelona. Azaña, testigo de los
acontecimientos no se repondría.
Azaña, pisó por última vez
Alcalá, para revistar a las tropas de El
Campesino el 17 de noviembre de 1937. A pesar de
ser conocido su relato sobre su visita a Alcalá
de Henares en sus diarios de guerra, adjunto
íntegro su testimonio por su indudable interés.
Entramos en Alcalá. Las
puertas de San Justo, de par en par, dejan ver,
vacío, el sitio que ocupaba el sepulcro de
Cisneros. Era una obra muy buena. La aviación de
los rebeldes la ha destruido y gran parte de la
iglesia
(para conocer los hechos
verdaderos, leer crónica Alcalá en guerra).
Por la calle Mayor, llegamos a
la plaza, atestada de tropas. El pueblecito me
parece más triste, más pobre, abandonado como
nunca lo estuvo. En la plaza un jefe, con muy
elegante uniforme, se me acerca, se cuadra, y
derramándosele por la barba una sonrisa
meliflua: "Forman siete mil quinientos", dice.
Era El Campesino. La mitad de su división ocupa
la plaza, en dos masas. Los balcones, cargados
de gente. Mucha más en la calle. Revista. El
aspecto de la tropa es muy bueno, cien veces
mejor que las revistadas en Vicálvaro. Se lo
hago notar al general Miaja. "Es la mejor
división del ejército", dice muy satisfecho El
Campesino, que me ha oído. En el otro extremo de
la plaza me detengo unos segundos, para darme
cuenta del destrozo de Santa María. Los
bombardeos han convertido en solas la antigua
capilla "del oidor", que estaba en un ángulo de
la iglesia, un poco fuera de su planta general.
La iglesia misma parece estropeada. Veo muros
almenados. Creo que no tiene techumbre. Pero la
insignificante y fea torre está intacta. Santa
María es una iglesia muy buena, pero sin acabar.
Debió de faltar dinero para una obra tan
importante, y la cerraron de cualquier manera.
El cerramiento y la torre, pobrísimos,
descendían de la gran traza de la iglesia. Allí
guardaban la partida de bautismo de Cervantes.
Los fundadores de la iglesia –un matrimonio cuyo
nombre no recuerdo- tenían un túmulo, con dos
estatuas yacentes. Hace muchos años, no sé qué
párroco, con motivo de unas obras, levantó dos
bultos y los colocó adosados a un muro, en
posición erecta, de modo que los, almohadones en
que reposaban las cabezas vinieron a parecer
maletas que gravitaban sobre los, hombros. Así
los he conocido yo siempre, Recuerdo que mi
abuelo, en vejez, cuando se arrellanaba en un
sillón para dormir la siesta y se hacía colocar
una almohada detrás de la cabeza, le decía al
sirviente: "Ponme como los fundadores de Santa
María". Quiere decirse que todo el mundo se reía
de aquel disparate. Tengo la noción muy
imprecisa de que al fin se remedió, en una
restauración de la iglesia.
Después de la revista,
desfile, que presenciamos desde un balcón de la
calle Libreros. Entre el gentío, descubro
algunas caras conocidas, ya bajo la máscara de
la vejez, que me sonríen y a las que me es
imposible darles un nombre. En un balcón
frontero se agolpa una familia. Al fondo por
encima de las cabezas de la gente menuda, una
señora grave no me quita ojo. Creerá que está
viendo al monstruo,
a quien seguramente conoció de pequeño. Rápida
visita al Ayuntamiento. El público se
arremolina, vocifera, nos corta el paso. Mujeres
del pueblo suben al estribo del coche, golpean
los cristales. Y una, muy dramática, llorosa, se
desgañita: "Le he llevado en mis
brazos...Sí...En la calle de la Imagen...Le he
llevado en brazos..."
¡Pobre! Mucho tiempo ha pasado. Ya no podría
conmigo, cuando recaiga en la segunda infancia.
Con el paso del tiempo y
cosechando derrota tras derrota las fuerzas del
Frente Popular, a pesar de contar con los
mejores aviones y tanques de la época, la
industria, el dinero del Banco de España y las
Brigadas Internacionales. El caos se había
apoderado de la nación. Azaña, dos años después
de iniciarse las hostilidades bélicas, elevaba
un misterioso discurso ante las Cortes donde
reclamaba: "Paz, Piedad
y perdón".
Ni el general Franco, ni la
Iglesia estaban en condiciones de negociar con
un estado resquebrajado y que había llevado a
España a la ruina.
El propio Azaña anunció
quienes fueron los responsables de su fracaso
republicano: "Si la
República Española se hunde, nuestra será la
culpa. No hay ya a quién echar el fardo de la
responsabilidad".
Exilio y muerte
Azaña, huyó de España el 5 de
febrero, se instaló en Francia en la localidad
de Collonges-sous-Salève, en una casa que había
alquilado un año antes Cipriano Rivas Cherif.
Cuando, el 27 de febrero, los gobiernos de Gran
Bretaña y Francia reconocen oficialmente al
gobierno del General Franco, Azaña, renuncia a
su cargo de Presidente del Gobierno. Ante el
temor de la invasión de Francia por parte de
Alemania, se traslada cerca de Burdeos a Pyla-sur-Mer.
En esta localidad sufre una
gripe en 1940 que le deja graves complicaciones.
A pesar de su estado de salud, es perseguido por
la policía política alemana (GESTAPO) con el fin
de entregarle a los tribunales del General
Franco.
El embajador de México
consigue evacuarle al Hotel du Midi de Montauban,
donde la legación mexicana contaba con varias
habitaciones. En la habitación nº 11 del hotel,
Manuel Azaña fallecía el 4 de noviembre de 1940.
El mariscal Pétain prohibió
que se le enterrara con honores de Jefe de
Estado, es más, prohibió que la bandera
republicana cubriera su féretro. El embajador de
México decidió que fuera enterrado cubierto con
la bandera tricolor mexicana.
Manuel Azaña, el "monstruo",
como le describían sus enemigos, por su fealdad,
misoginia, su existencia oscura y su carácter
deshumanizado, fue enterrado en el cementerio de
Montauban; dejando estipulado que sus restos no
fueran movidos del lugar donde reposan.
Ignacio Sánchez
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