La inestimable
situación geográfica que Alcalá de Henares ocupa
en el centro de la península ibérica, en el
margen derecho del río Henares, y desde que los
primeros pobladores fueron bajando de las
tierras altas de la margen izquierda, buscando
la fertilidad de su ribera derecha, ha hecho que
su ubicación requiriese un continuo cambio
social y demográfico a lo largo de su historia.
A finales del
siglo I de nuestra era, cuando los romanos
sometieron a los pueblos del castro carpetano
existente en el cerro del Viso, fundando
Complutum en el margen opuesto del río, el
Imperio dio relevancia y significado a
Nuestra Ciudad al estar sentada
estratégicamente en un cruce de caminos. Por
ella transcurrían las principales calzadas
romanas, lo que desde un principio iba a
convertir a Alcalá en una ciudad de paso hasta
nuestros días.
Después de la
estancia en la Ciudad de visigodos y árabes,
tras la reconquista cristiana, Alcalá se
convirtió en una ciudad agrícola y comercial por
su situación clave. Tres núcleos importantes de
población compartían su suelo, cristianos, los
más numerosos, musulmanes y judíos. Esta
situación duraría hasta el siglo XV, los
procesos migratorios desde distintas partes de
Iberia estaban en marcha. Pero, fue a través de
la llegada de los Estudios Generales, primero y
de la Universidad después, cuando Alcalá empezó
a recibir gentes no solo del orbe hispánico,
sino de todo el orbe imperial. El prestigio de
la Universidad de Cisneros hizo que profesores y
alumnos cambiasen la identidad de la población y
el destino de Alcalá.
Pero al igual que
hoy sucede, muchos son los que pasaron y pocos o
ninguno los que se quedaron para echar raíces.
La Universidad cambió la vida de la ciudad, su
nombre estuvo ligada a la de la Ciudad, motivo
por el que fue conocida y reconocida allende
nuestras fronteras, pero pocos fueron los hijos
que vieron la luz y fijaron su origen y el de
sus descendientes a la historia de Alcalá, ni su
más ilustre hijo, Miguel de Cervantes vio
reconocida su cuna hasta 1752 por el padre
benedictino Martín Sarmiento, 136 años después
de su fallecimiento.
Con el transcurso
de los años, y tras las sucesivas
desamortizaciones, Alcalá se hizo plaza fuerte
militar, a sus desvencijados conventos y
colegios llegó la milicia. El establecimiento de
cuarteles y academias militares, hicieron que
una vez olvidada la universidad, Alcalá
estuviera estrechamente ligada al estamento
castrense. El nombre de los regimientos de
Alcalá fue paseado por dentro y fuera de
nuestras fronteras. Sus banderas recibieron
sangre y honores, hoy todavía su recuerdo está
patente en muchos rincones de África y España.
A este pasar
continuo de generaciones de profesores,
estudiantes, religiosos y militares, se añadió a
mediados del siglo XIX otro de sus rasgos
identitarios, al crearse en el antiguo Colegio
de Santo Tomás la cárcel de hombres y en el
Convento de Carmelitas Descalzas de San Cirilo,
la cárcel de mujeres.
La llegada del
ferrocarril a Alcalá en 1859, con la creación de
una estación de tercera en la nueva línea
Madrid-Zaragoza, supuso un importante impulso
económico, y nunca mejor dicho, por otra vía,
ciudad de paso.
Alcalá, inmersa
de pleno en todos los avatares de las tres
primeras décadas del siglo XX, solo veía por sus
calles y muros, ciudadanos de paso. La
guerra civil, trajo desgracias y más militares,
En sus edificios estaba instalado el Cuartel
General del Centro del ejército de la República,
por sus despachos, entraban y salían consejeros
de diferentes nacionalidades, especialmente
rusos. Los brigadistas internacionales, también
de paso, constituían toda una heterogénea
Babel, similar al que se puede escuchar en
cualquier calle hoy en día. En el aeródromo, más
de lo mismo, los mejores y más modernos aparatos
de guerra del momento, hablaban ruso, al igual
que los formidables carros de combate T-26, que
tenían en las instalaciones de Forjas la Base y
Talleres de las Fuerzas Blindadas que Krivosheim
organizó.
Pero realmente
Alcalá, si prescindía del estamento militar ¿qué
era?, un poblacho desolado y feo, que hasta uno
de sus "ilustres" hijos, Manuel Azaña,
despreciaba. En sus Diarios de Guerra la
descripción que hace de la ciudad que le vio
nacer en su visita del 17 de noviembre de 1937
no deja lugar a dudas. "El pueblecito me parece
más triste, más pobre, abandonado como nunca lo
estuvo."
La población de
Alcalá, descontando el elemento religioso,
militar y penitenciario estaba compuesto
principalmente por jornaleros del campo y
obreros de la construcción, a los que les tocaba
vivir los rigores del paro estacional y una
pésima calidad de vida.
Una vez
finalizada la guerra la situación no iba a
mejorar, la falta de alimentos y de materias
primas de primera necesidad se cebó con una
población, que veía como una parte, se
encontraba esperando los juicios del franquismo
por su responsabilidad en los sucesos acaecidos
en época del frente popular.
Tuvo que ser
precisamente cuando el General Franco y el
presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower
firmaron en 1953 el acuerdo sobre colaboración
conjunta, hispano-norteamericana, cuando se iba
a iniciar el despegue industrial alcalaino. La
construcción y establecimiento entre Torrejón y
Alcalá de la base aérea, iba a dar trabajo a
gran número de obreros alcalaínos, al mismo
tiempo que se empezaba a mirar a Alcalá como una
zona de incipiente industrialización.
En los años
cincuenta comenzaron a instalarse las primeras
industrias, Prona y Metalúrgica Madrileña, y en
los primeros años sesenta, Roca Radiadores y
Perfumería Gal, siguiéndoles, Ibelsa, Cointra,
Perlofil, Roclaine, Fiesta, Fibras Minerales,
así como diferentes empresas de sectores
metalúrgicos o farmacéuticos.
Este apogeo
industrial, hizo que empezasen a producirse en
Alcalá los primeros procesos migratorios,
principalmente de la vecina provincia de
Guadalajara, a la que se fueron sumando hombres
y mujeres de las zonas menos industrializadas de
España, principalmente Extremadura y Andalucía,
atrás quedaron sus casas y campos para
adentrarse en un nuevo mundo y en una ciudad
desconocida para ellos.
A partir de 1960
la población que permanecía casi inalterable
desde principios de siglo, iba a sufrir una
considerable transformación, los habitantes iban
a aumentar de forma rápida y Alcalá no contaba
con infraestructuras para ello.
Ya en 1965, se
alcanzaban los 30.000 habitantes; en 1970 los
57.000, y cinco años más tarde casi se duplicaba
la población, alcanzando los 100.000.
Esta situación
hizo que se extendieran los límites del casco
urbano, naciendo nuevos barrios, pero la
población que llegaba y se instalaba, trabajaba
y dormía, pero no vivía Alcalá. Cualquier fecha
que constituía puente o vacaciones, era
aprovechada para volver a sus lugares de origen,
a pesar de que muchos de sus hijos nacieron ya
en Alcalá y fueron escolarizados en la ciudad
Complutense, apenas creció el arraigo por la
ciudad que les había acogido y que les iba a dar
de comer.
En 1967, un año
marcado por grandes acontecimientos tanto en la
vida española, como mundial, iba a traer a
Alcalá la Universidad Laboral, por sus aulas
pasarían los mejores ingenieros técnicos de
telecomunicaciones, hasta que en 1989 fue
absorbida por la Universidad. Otro lugar que
llevó el nombre de Alcalá unido a las numerosas
promociones de estudiantes que llegaron de los
diferentes rincones de España.
En los primeros
años de la transición, y con el regreso a Alcalá
de la Universidad, nuestra ciudad volvió a
recoger en su seno a todo un crisol de alumnos,
la apertura de sus estudios hicieron que nuestra
ciudad recogiera el testigo dejado siglos antes,
aunque nunca el prestigio de su docencia.
A finales de los
años noventa y con el auge de la economía
española, debido especialmente a los sectores de
la construcción y servicios, España demandaba
mano de obra, y al igual que sucediera en los
años 60 cuando cientos de miles de españoles
tuvieron que emigrar a Europa Occidental, el
establecimiento de la moneda única y la apertura
de las fronteras hicieron que un sinfín de
personas de las más diversas nacionalidades y
culturas llegasen a nuestro país para encontrar
un lugar donde "buscarse" la vida.
Alcalá en pleno
desarrollo inmobiliario, vio duplicado en pocos
años su casco urbano, surgieron nuevos barrios,
esta vez más allá de la nueva autovía a
Zaragoza, y en sus calles y barrios los acentos
de otros países ya son habituales.
Si los españoles
que se asentaron en la ciudad en los años
sesenta, no llegaron en su mayoría a arraigarse
en la ciudad que les acogió, la llegada de miles
de extranjeros hacen que en Alcalá la población
esté escasamente arraigada.
Alcaladigital ha
comprobado en el barrio de Reyes Católicos,
donde está una de las mayores colonias de
emigrantes de diferentes nacionalidades y de los
españoles que llegaron con la industrialización,
mediante una sencilla pregunta, ¿me puede decir
donde está el colegio de San Ildefonso?, como de
cuarenta personas, todas ellas españolas de
diferentes edades, el noventa y nueve por cien
desconocía, que hubiese un Colegio de San
Ildefonso y menos donde estaba situado.
Penoso es
comprobar el desarraigo, de estas gentes, un
sentimiento de no-identificación con la sociedad
en la que el sujeto está inscrito y una añoranza
por aquélla en la que sí se sentía integrado.
Alcalá de Henares
se ha convertido en la segunda ciudad más
receptora de inmigrantes en la Comunidad de
Madrid, después de la capital.
En Alcalá viven
centenares de familias procedentes del este
europeo, en su mayoría rumanos procedentes de la
ciudad de Alba Iulia, hecho que ha dado lugar a
la construcción de un templo ortodoxo, le
siguen, polacos, búlgaros, ucranianos, etc.
Otra colonia
importante es la iberoamericana, colombianos,
ecuatorianos, peruanos, etc. Sin olvidar a la
población del norte de África y subsahariana.
Toda esta
población, generalmente joven y con hijos de
corta edad han visto como en Alcalá se ha tenido
que ampliar la oferta escolar, con la
construcción de nuevos centros.
Algunos niños han
nacido ya en Alcalá, y otros han llegado con sus
padres y estuvieron, generalmente, escolarizados
en sus países respectivos.
La mayoría de
esta población infantil y juvenil se adapta con
relativa facilidad a la escuela y se integra
bien. Por otro lado, el desconocimiento de la
lengua española constituye en los primeros meses
el mayor obstáculo en el rendimiento escolar y
puede provocarles un sentimiento de frustración.
En este aspecto
corresponde a las autoridades educativas, crear
unos programas de integración para toda la
población foránea, dar a conocer la cultura y la
historia de la Ciudad que les ha acogido.
Aunque al igual
que pase con los españoles, cuando les llegue la
jubilación, o la economía en sus respectivos
países crezca a niveles más equitativos,
buscarán las tierras que les vieron nacer para
pasar sus últimos días.
Al igual que
sucediese desde la época prerromana, Alcalá,
seguirá siendo un lugar de tránsito.
Ignacio Sánchez